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A
PROPOSITO DEL DIA DE LA MADRE
SI
TU SUPIERAS, MADRE
Por, María Teresa León
Periodista española
Si tú supieras madre, cuándo he comenzado a quererte; no fue ese
día que me precipité en tus brazos:
Tenía miedo; Ni siquiera en aquella ocasión cuando me subí a tus
rodillas: tenía hambre. MI vida era tan pequeñita entre tus brazos. Yo
no te conocía venimos de demasiado lejos. En ese lugar donde distribuyen
las vidas nuevas a los seres humanos me dieron a tí y tú te sorprendiste
de tener que querer a una niña con los ojos cerrados.
No
fue tu rostro, madre lo primero que se separó de la niebla que me rodeaba,
fueron tus manos. Esa herramienta tan útil más tarde fue lo primero que
vi. Aun pasaría mucho tiempo antes de quererte. Tu cara tardó en
diferenciarse de los demás. Yo tardé muchos meses en poder
distinguir tus ojos, tu nariz, tus
labios...me gustaba que me besases.
¿Cuáles
siguieron siendo nuestras relaciones? Te identifiqué a la vez que la
palabra NO...Eras mamá. No hagas esto, no te manches el vestido, no
juegues con el barro... Tarde mucho tiempo en aprender esa lección, pero
después me convertí a mí misma en la señorita NO. Un día, riendo, me
sacudiste un poco. Otro día... no se como decírtelo, me diste a conocer
tus manos, me pegaste. Sentí mucha pena y poco arrepentimiento. Otras
veces que dulce, me sentabas en tus rodillas y me murmurabas yo no sé que
palabras mágicas, qué arrullos maravillosos que concluían con el dolor,
la angustia, el miedo de crecer, Y, sin embargo, yo no sabía quererte
porque todo lo de nuestra infancia nos parece que responde a una obligación
con nuestra fragilidad.
Tardé mucho tiempo en poder seguir tu pensamiento. Era más fácil seguir
agarrada a tu vestido, ir sobre tu pasos que entender lo que tú me querías
decir. Al crecer, te tuve desconfianza. En un lado, me enteré más tarde,
estaba tu mundo de gente altas, y en el otro, el mío. Yo no podía seguir
tus pensamientos porque debía cumplir tus órdenes: aprender a no hacer
eso, lees más claro, no haces caso de nada,...Fue entonces cuando
me di cuenta de que todas las madres de mis amigas decían lo mismo y que
esa riqueza es tener una madre se había convertido en un bien común.
Me desilusioné. Luego dije para contentarme: mi madre es distinta, ¡Cómo
iba a ser la madre de los otros chicos como la mía! Hasta aquí podíamos
llegar. Entonces comencé a espiarte para espiarte para
encontrar las diferencias.. Me di cuenta de que caminabas con paso
muy seguro, con altivez, y que hablabas con una voz distinta. Nadie
hablaba como tú.
Cuando por primera vez oí la voz de las maestras, se me turbó el
alma, porque con su sonsonete autoritario barrían el
sonido de tu voz, madre, y me dejaban pequeña y sola en el inmenso
terror de la primera escuela.
Pero ni entonces yo sabía quererte. Me desorientabas. Si yo creía que me
estabas esperando, habías salido; si yo te enseñaba los primeros deberes,
pidiéndote ayuda, levantabas los brazos, ahuyentándome con el pretexto
de que los habías olvidado. Ya sé, madre, ya sé aquello de que estuve
enferma y sé tus pasos de leona desvelada y la lucha contra la imparable
muerte; Pero ni entonces supe lo que era mi amor hacia ti. Mi cuerpo,
cargado de medicinas y de fiebre, estaba solitario como un caracol
abandonado en la resaca de la playa.
Siempre me pareció que tú y yo éramos sonidos iguales, dos
consecuencias lógicas, dos colores complementarios. Asó que jamás me
planteaba el amor a lo que era simplemente yo misma. Al crecer más,
comprendí tus palabras, seguía tus pensamientos, pero me alejé de ti
que era tu hija, lo encontrabas fuera de propósito de sentido, reñido
con tus costumbres, en pugna con tus sueños.
¿Por qué soñaste tanto conmigo, madre? Sentí que me considerabas tu
fracaso, ¡Adiós ilusión de una hija perfecta! En un momento yo tuve que
elegir entre tú y el mundo, y elegí el mundo. Tú no comprendías la ley
inexorable que me separaba las manos de tu vestido. Ya las manitas
aquellas, tan chicas, no existían, ni aquellos pasos tan cortitos. Mis
pasos son firmes, iguales a los tuyos y mi voz tiene tu mismo eco. Yo no sé
si supe alejarme de ti sin lastimarte, llamadas por el reclamo de la
sangre hacia los orígenes. Hacia el misterioso corazón central.
Seguramente fui dura contigo al dejarte, igual que los pájaros cuando de
alejan al volar solos o los peces al nadar por su cuenta o los hombre al
enamorase. Pero esta mañana...
¡Si tú supieras, madre! Esta mañana al abrir un cajos, entre guantes
descabalados y recuerdos marchitos, encontré un retrato tuyo. Hasta hoy
no he sabido mirarlo. No, no había mirado nunca el paso de la vida sobre
ti, tus vacilaciones, tus trabajos, tus angustias, tus inquietudes... Hay
un leve polvo sobre tu cara, el que levanta la existencia al vivirla,
suavemente gris. ¡Cuánto te quise de pronto! Eras mía, únicamente mi
madre. No te parecías a ninguna, pertenecías a ese claro milagro de
existencia del hombre: Yo era tu carne.
Y sentí como si me llamases para trasmitirme tus poderes. La
voz tuya, tan admirable y me senté a quererte.
(Fragmento de Memorias de la melancolía. Casa Editora, Abril, La Habana
2001)
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