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Las Niñas Amish El
hombre tenía 32 años, era camionero e incubaba u odio de por menos dos décadas.
Es lo que sabemos. También, que ató a tres niñas contra el pizarrón de su
aura y disparó varias veces con una pistola automática, apuntándole a la
cabeza y los brazos. Al menos siete pequeñas resultaron gravemente heridas
cuando el hombre, antes de suicidarse, descargó el arma a tontas y a locas
sobre las que habían asistido a la ejecución de sus compañeras. Las edades
oscilan entre los seis y los 13 años. Eso
ocurrió en día 2 de octubre, hace apenas poco más de 24 horas, lo que impide
la abundancia de detalles aterradores sobre la tragedia que sacudió la
comunidad amish del condado de Lancaster, en Pensilvania, hasta
ayer un lugar tranquilo, de ambiente unisecular y polvoriento. El único pecado
atribuido a los amish, granjeros religiosos ortodoxos de rígidas
y serenas costumbres, parece ser que sobreviven a la dominante cultura monolítica
de este país mediante el ocultamiento. No molestan a nadie, no beben alcohol,
producen con sus manos aquello que los alimenta y les cobija, y se les distingue
por su bondad, sus largas barbas y sus sombreritos de paja. El
2 de octubre, un hombre asesinó a las niñas amish, y también,
a la privacidad de ese pueblecito recogido de Nikel Mines, en Pensilvania. En
las entrevistas de persa, la gente horrorizada, se pregunta qué vendrá
después de agredir a los habitantes de una sociedad que se distingue por
deprecio de la violencia, incluso en nuestro país, donde esta es endémica. Tampoco
es suficiente decir que esta camionero fue envenenado por entelequias religiosas
de un grupo en vías de desaparición. Independiente de sus extraños pretextos
para matar -todavía nadie sabe por qué solo a niñas. El odio de este país
que ha visto por la televisión, en una semana, otras dos escenas como esta. El
odio viene al parecer de una sociedad enferma, con pretextos que nunca se
extinguen porque se multiplican. Desde hace años en esta país las escuelas
dejaron de ser lugares de estudio para convertirse en terrenos minados por donde
se mueven metódicamente jóvenes enmascarados, disparando sus armas semiautomáticas
contra estudiantes y maestros que encuentras a su paso. Al quitar las oraciones,
la lectura de las Sagradas Escritura, que traen la paz y la concordia, llega
entonces la violencia. Como
si obedecieran a una regulación de la naturaleza, las masacres escolares es
nuestro país se han convertido en un grotesco ritual que va de primavera a otoño,
saltándose las vacaciones escolares. En octubre de 1997 un joven de 16 años,
en Pearl Missisippi, primero asesino a su madre y después se dirigió a su
escuela, donde acabó con la vida de dos estudiantes e hirió a siete más, unos
pocos días después un joven de 14 años fue a su escuela de West Paducah,
Kentucky, asesinar a tres estudiantes t herir a cinco más. Otras
tragedias han ocurrido en la temporada primaveral: en marzo de 1998, dos jóvenes,
de 11 y 13 años de edad, asesinaron a cuatro muchachas y a una maestra en las
afueras de su escuela en Jonesboro, Arkansas; al mes siguiente, un maestro de
ciencias fue abatido a tiros en una escuela de Edimboro, Pensilvania,
presuntamente por un joven de 14 años de edad; en mayo de 1997, en
Fayetteville, Tennessee, un estudiante de 18 años disparó contra sus compañeros
en el estacionamiento de una escuela; dos días después, en Springfield,
Oregon, un adolescente de 15 años abrió fuego en su High School, asesinando a
dos jóvenes e hiriendo a más de 20 (más tarde la policía encontro también
que había ultimado a sus padres). La
prensa perdió la cuenta de cuántos asesinatos se han cometido en las escuelas,
después del 20 de abril de 1999. Ese día tocó turno a la Columbine High
School, en Littleton, Colorado, donde los adolescentes Eric Herris y Dylan
Klebold de 18 y 17 años, respectivamente, asesinaron a 12 estudiantes y un
maestro, en una misión furia a la que la revista Newsweek denominó «la
masacre escolar más letal en la historia de Estados Unidos». En casi todos los
casos, los asesinos han terminado el espectáculo descargando las armas contra
ellos mismos. Suicidarse
para matar a otra persona no obedece a una situación final, sino al odio.
Muchas veces el que fracasa en la vida culpa a la persona que tiene más cerca,
o con la comparte esa vida. La jaula familiar está envenenada. La jaula social
está peor aun: cualquiera puede tener a mano un arma para dispararle al prójimo
y así mismo. Hay psicólogos que dicen que es menos peligroso pasearse solo de
noche por los peores barrios que vivir siempre en situación límite en este país
donde se percibe el odio por todas partes. Se expresa en discursos, en pulpitos,
en artículos, en juegos de videos, en la televisión. Un odios insultante,
mentiroso, de tripas revueltas. Cada día es mayor, como debieron persibir sin
comprender esas dulces niñas amish, poco antes de ser fusiladas
contra la pizarra. A
última hora se conoció el nombre del agresor Charles Call Roberts IV, que según
le confesó a su esposa, había abusado sexualmente de varias menores de
su propia familia, y sentía deseos de hacerlo nuevamente, y además sentía
odio contra Dios a causa de la muerte de su pequeña hija recién nacida llamada
Elise. El
panorama es sombrío, para las escuelas del país. ¿Qué podemos hacer? La
respuesta es simple la sociedad norteamericana necesita volverse a Dios
desesperadamente la Biblia dice en proverbios 14.34 " La
justicia engrandece la nación; el pecado es afrenta de las naciones" El
mensaje es claro. Arsenio
H. Alonso |
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Gratia, Sola Fide, Solus Christus, Sola Scriptura, Soli Deo Gloria
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