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DIARIO DE UN SARGENTO PARA
“LA OTRA GUERRA” Un artículo de Arsénio Rafael Recordar
aquellos momentos que vivió. No lo abandonan, pequeños zapatos y los juguetes
regados por el piso. En ese momento toda la realidad de su vida en Irak le cayo
encima con el peso de una gran lápida
y algo en su interior comenzó a desmoronarse lentamente, llevándolo
hacia la oficina del médico del ejército que lo diagnosticó, después
de un breve análisis, como depresión o más precisamente, Síndrome de Estrés
Postraumático. Desde su
llagada a la guerra, la misión fundamental de este sargento fue la de ser una
especie de señuelo para hacer que los insurgentes irradies salieran de sus
escondites y dejarlos a merced del fuego estadounidense. Por un período de
siete meses cumplió con su deber con valor ejemplar y con sangre fría, sin el
menor rastro de conflictos emocionales; hasta que llego aquella noche, en el sótano,
cuando se dio cuenta de que no siempre se sabe con certeza quién es el enemigo. Lee une en
reportaje de la revista TIME expresó “ Cuando tú buscas en la casa de
alguien no cuando lo hicimos nosotros esa noche, das por sentado que todos son
terroristas, Pero al entrar te encuentras con unos zapatitos pequeños y muchos
juguetes en el piso, entonces las cosas comienzan afectarse más de lo habías
imaginado” Al visitar
al médico le recetó píldoras antidepresivas y contra la ansiedad cada día, y de vuelta a las calles, con un fusil en
las manos. 20.000
soldados son medicados, y tienen como parte de su dieta diaria considerable píldoras,
tanto antidepresivas como para conciliar el sueño, a fin de mantenerse alertas,
estimulados y listos para la batalla. Según la
investigación de la revista TIME, este tipo de medicación se ha convertido en
una norma tanto en Irak como en
Afganistán, no sólo para ayudar emocionalmente a las tropas, sino para
conservarlas donde más preciadas para cualquier ejército: en el frente de
batalla. Estadísticas
del Equipo Asesor de Salud Mental del Ejército de este país señalan que
alrededor de un 12 por ciento de los soldados en esa región: (Irak) y un 17 por ciento de los que están
destacados en Afganistán toman todos los días algún antidepresivo como Prozac
o Zoloft, o píldoras para dormir, como Ambien, Esos porcentajes representan
alrededor de 20, 000 soldados medicados regularmente mientras están en el campo
de batalla. A poco más
de un lustro del inicio de esa guerra en la que han muerto alrededor de 90,000
iraquíes y más de 4, 000
estadounidenses, entre ellos 69 procedentes de Puerto Rico, las heridas
emocionales entre los sobrevivientes son muy profundas. La cifra más reciente
se fijan en casi 170, 000 el número de soldados inmersos en el conflicto Según el
anuncio del Pentágono, si bien es cierto que todos los soldados desplegados
experimentan estrés, el 70 por ciento de ellos procesan adecuadamente esa presión
y regresan a la normalidad. El 20 por ciento padece lo que los militares
denominan “heridos temporales de estrés” y el 10 por ciento restante es
diagnosticado con “enfermedad de estrés”, con episodios recurrentes, en su
primera etapa de ansiedad, irritabilidad, insomnio. Pesimismo, y apatía. Al
empeorar la condición, estos síntomas son más prolongados y derivan en pánico
temblores y parálisis temporal. Frecuentemente
el regreso a casa no basta para curar la enfermedad que se convierte entonces en
el detonante de divorcios, suicidios y crisis mentales severas. Este cuado
se ha vuelto tan común, que el Pentágono puede considerar en ocasiones que el
ya famoso PTSD es una herida de
guerra que cualifica para otorgar a quien lo padece con el corazón púrpura a
quien lo padece, reservada sólo para quienes son heridos físicamente en el
campo de batalla. Según este articulo, el libro Combat Stres Injury, de los conocido autores Charles Figley y William Nash, donde señalan que no “no hay una píldora mágica que borre la imagen de un amigo despedazado o que alivie el sentimiento de culpa por no haber cambiado ese día con él la asignación que lo llevo a la muerte”. “No obstante añade, el medicamento alivia algunos síntomas del PTSD restaura en el personal sus aptitudes funcionales” Esto significa –reclama la nota- “que cualquier medicamento que mantenga a un soldado en el frente ahorra dinero en entrenamiento para su reemplazo” Por otra parte, los detractores de la medicación con estos antidepresivos alegan que esta pudiera estar vinculada al incremento sostenido en el número de soldados suicidas en Irak y Afganistán desde que la guerra comenzó. El año pasado se suicidaron 108 soldados, la cifra más alta desde 1990, y casi uno de cada cuatro casos ocurrió en zonas de combate, En 2006 esa cifre fue de 102; en 2005 hubo 85 suicidios y en 2004 fueron 67, según un informe del pentágono. El Sargento Lee une –quien estuvo destacado en Irak hasta mayo del 2004, ocho meses después de que se le diagnosticó el PTSD- asegura que los soldados que necesitan ayuda urgentemente para sanar sus “heridas mentales” son muchos más de los que actualmente toman medicamentos, pero que no la buscan porque la aceptación de su enfermedad impediría cualquier ascenso. Y justamente cuando se ha disparado la cantidad de soldados que toman algunos de los antidepresivos mencionados, un estudio reciente del Instituto de Medicina (IOM) sostiene que hasta ahora “es insuficiente” la evidencia para concluir estos “restauradores de los niveles sé serótino a sus valores a sus valores normales” son eficaces en el tratamiento del PTSD. Hace un año que Lee une dejó de tomar los medicamentos que el Ejército le prescribió y el recuerdo de aquella noche terrible en Bagdad se ha hecho un tanto difusa, menos recurrente en la vigilia y más ausente en los sueños. Y dice sólo ahora ha comenzado a ganar esa guerra devastadora y solitaria.
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