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GRACIA
Y JUICIO I Por Ramón R. Herrera Se cuenta que una niñita que, habiendo oído a su padre quejarse de que su reloj necesitaba una limpieza ¡lo cogió a escondida para lavarlo en una palangana con detergente!. Esta historia es tan sólo un ejemplo, muy exagerado de lo que nosotros sufrimos: es de un celo ignorante, de un deseo de complacer falto de inteligencia. Nadie, sino un bruto descargarían su ira sobre su pequeña niña cuando, con ojos brillantes y con las mejillas enrojecidas por el sentimiento de haber llevado a cabo un servicio amable y útil, le trajera su reloj destruido. Pero si esto lo hiciera uno que tuviera que haber sabido mejor, no se exigiría este freno. Con esto todos estarán de acuerdo; pero nadie parece tener en cuanta las mismas consideraciones en nuestras relaciones con Dios. Dios demada nuestro homenaje, y nosotros le ofrecemos nuestro patrocinio. El demanda la atención íntegra de nuestras vidas, y nosotros le ofrecemos religión y moralidad. Pero para decir la verdad, El no quiere nuestro patrocinio; ni tampoco quiere nuestra moralidad ni tampoco nuestra religión. “¡Qué barbaridad!, Exclamará el lector, disponiéndose a borrar de la Internet este estudio. ¿Acaso es asunto carente de importancia el que sea moral y religioso o que no lo seamos? No es en absoluto un asunto carente de importancia por lo que a nosotros respecta: Ni siquiera por lo que respecta a nuestra vida en la tierra, por no decir nada del juicio venidero. Pero sí es totalmente carente de importancia de cara a Dios. El hombre que se pasea, enorgullecido por la soberbia que nace de los evangelios de la humanidad, es como el judío que suponía que estaba haciendo bien a Dios cuando amontonaba l «sebo de los animales gordos» (Isaias 1.11) sobre su altar; el altar del «Dios que ha hecho el mundo y todas las cosas que hay en él» Los juicios de Dios son justos. Y los principios que los gobiernan están claramente delineados: El «pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad» (Romanos 2.6,7).¿ Podrá alguien poner en tela de juicio la equidad de esto? Pero cuando Dios da a conocer Su voluntad, la obediencia a ella viene a ser la prueba del bien hacer. En la ley mosaica, la religión y la moralidad tenían prioridad. Y en el culto del cristianismo que, el algún aspecto, es tan sólo una forma corrompida del judaísmo, disfrazado de una verbosea cristiana, la religión y la moralidad son el todo. Lo que llamaremos la economía mosaica fue un estado de tutela que finalizó con la venida de Jesucristo. Establecer ahora la moralidad y la religión es ponernos bajo la denuncia de las palabras de este mensaje de Juan 6.28,29. Esta fue la respuesta del Señor a la pregunta: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? «Esta». Replicó El, «es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado» Este mensaje les decía que aquello era erróneo; y aferrándose a la moralidad y a la religión, en lugar de creer en el «Enviado», le crucificaron. Levantar un altar al «Dios no conocido» es un logro muy elevado de la religión natural. Pero, Como dijo el apóstol Pablo en Atenas. (Hechos 17.22-31), incluso a la luz de la naturaleza debiera enseñar a las personas que Dios no quiere nuestro patrocinio «como si necesitase de algo» El deseo de Dios es que las personas les buscasen, aunque tuvieran que buscarle tanteando ciegamente y en tinieblas «si en alguna manera, palpando, puedan hallarle». Y El podía darles bendición a pesar de su ignorancia, porque «es galardonador de los que le buscan» Si ellos se volvieran a lo recto, y lo siguieran todo derecho» El podía, como Pablo dice, pasar por alto su ignorancia. «Pero ahora, manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan» Y el cambio depende de esto, que Dios se ha revelado a Sí mismo en Jesucristo; y que, por ello, la ignorancia se Su voluntad es un pecado que encierra a las personas en el juicio. Una nueva era ha amanecido en el mundo. «Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros» La oscuridad ha pasado, la verdadera luz está brillando. Volverse otra vez a la conciencia o la ley-la religión o a la moralidad- es actuar como personas que, cuando el sol se halla en su cenit, mantienen las ventanas cerradas y las cortinas corridas, para que el Sol de justicia no las alumbre Las personas no pueden ni quieren creer que la gran controversia entre ellos y Dios es enteramente sobre Jesucristo. En realidad, para la mayor parte de las personas se trata de una afirmación que sabe a misticismo. La muerte de Jesucristo es uno de los lugares comunes de la filosofía, tanto como la teología, de la cristiandad. En la presencia de aquella cruz; el mundo había tomado partido. En el medio estaba aquella cruz en su solitaria majestad: Dios a un lado, rechazado; al otro lado Satanás, embriagado por su triunfo. El mundo tomó partido por Satanás. En la presencia de la cruz, Dios llama a cada uno de los que llegan a conocer el relato para que declares de que lado se colocan. Pero las personas luchan para evadirse del asunto. Naturalmente, muchas personas ignoran por completo en una vida egoísta o viciosa; pero no son pocos los que intentan llegar a un compromiso, volviéndose a la religión. En las Sagradas Escrituras no hay ni reservas ni misterio con respecto a cual será la porción de aquellos que «obedecen el evangelio» y de aquellos que lo rechazan. De esta elección depende el destino eterno de cada persona. De ahí la virulencia con que es atacada la Biblia; porque si Jesucristo está más allá de nuestro alcance, nuestra responsabilidad se acaba. Cierto que los que afectan una devoción personal hacia El, en tanto que desprecian o les restan valor a las Escrituras. Así, las consecuencias de aceptar o rechazar a Jesucristo son eternas. No hay ninguna otra cuestión que quede abierta. ¡La Moralidad! En la moralidad, como en la física, lo mayor incluye a lo menor, y el Evangelio enseña una mayor moralidad con la conciencia y la ley combinadas. Pero en esta economía cristiana, Dios no está imputando sus pecados a las personas. Si esto fuera de otra manera, el silencio del cielo daría lugar a los truenos de Sus juicios. Cada cuestión relativa al juicio fue, o solucionada para siempre en la cruz, o ha quedado pospuesta hasta el día que tiene todavía que llegar; Dios sabe «reservar a los injustos para ser castigados en el día del juicio» ( 2 Pedro 2.9), y el día del juicio todavía no ha llegado. Sin duda, un día señalado, le toco a la comunidad del pueblo de Nazaret, cuando Jesús «el gran Rabí» que había crecido entre ellos hasta llegar a la edad adulta volvió a aparecer en la sinagoga, y se puso en pie para leer la lección sabática del libro de los profetas. ( Lucas 4.16-22) Abriendo el libro que le dieron, halló el pasaje que empezaba: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobras. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos, y poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor» Y cerrando abruptamente el libro, se lo dio al ministro y se sentó. Habiéndose levantado para leer la lección del día, se detuvo en medio de la frese introductoria. ¡No es de asombrarse que todos los ojos estuvieran clavados en El! «Hoy» dijo rompiendo el silencio, «se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros». «Y el día de venganza del Dios nuestro» eran las palabras que seguían sin interrupción en la página que tenía abierta ante El; pero dejó aquellas palabras sin leer. «El año agradable del Señor» fue proclamado allí y entonces, y todavía sigue su curso, pero el gran día del juicio está todavía en el futuro. No se trata de que se haya suspendido el juicio moral del mundo. Todavía aquí y ahora las personas siegan lo que siembran. La justicia prospera y la iniquidad conlleva su propio castigo. Y aquí recordamos otra declaración de nuestro Señor Jesucristo « Porque el Padre a nadie juzga, sino todo el juicio dio al Hijo» La frase «Creemos que Tú vendrás para se nuestro juez» está en labios de muchos miles que en sus corazones se imaginan que El mediará en el juicio entre ellos y un Dios ofendido. Pero es al mismo Crucificado al que ha sido asignada la prerrogativa divina de juicio en virtud de la Cruz. Y El, el único Juez del pecador, es ahora el Salvador del pecador. Habiendo cumplido la purificación de nuestros pecados, « se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas» La actitud oficial de Jesucristo, es la de reposo. La obra de redención está consumada. La gran amnistía ha sido proclamada. El cielo he quedado abierto a los perdidos de la tierra, Se pone la vida eterna al alcance de los más impotentes y perdidas de las personas en la tierra.. ¡Que monstruoso es todo esto! ¡Qué idea suponer que personas que han vivido unas vidas coherentemente religiosas habrán de ser excluidas del cielo, mientras que los indignos y los depravados pueden obtener perdón y aceptación simplemente por creer en Jesucristo» Esta será la critica que en general suscitarán estas afirmaciones. Podrán perecer monstruos; pero antes de que nadie lo enarbole para censurarlo o ridiculizarlo sería bueno que hicieran una pausa y que reflexionaran sobre qué es lo que rechazan de esta manera. La Biblia dice:«De El dan testimonio todos lo profetas, que todo el que cree en El recibe, por medio de su nombre, el perdón de los pecados» (Hechos 10.43). Y no es un dogma de la «doctrina paulina», sino la enseñanza de una de las más sencillas parábolas de Jesucristo, que lo pobres y mendigos de los caminos y de los vallados se sientan en el Reino de Dios, mientras que los que habían sido invitados a su vez-los mortales y los religiosos-quedan excluidos. Y en la parábola queda explicada toda la doctrina de que Su misión divina consistió «no en llamar justos, sino a pecadoras al arrepentimiento»
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