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PELEANDO LA BUENA BATALLA DE LA FE

Por Ramón R. Herrera

 

En el libro de II es Samuel 11,6-11 tememos una gran historia que ilustra el tema que consideraremos. El comportamiento de Urías plantea cuestiones muy importantes, pues también nosotros vivimos en tiempos de guerra. Se está librando una guerra sin precedentes, de tal importancia que hace palidecer a las grandes conflagraciones mundiales, y nosotros los creyentes estamos implicados en ellas. Los riesgos son altísimos, y el enemigo temible. No se disparan  tiros y balas, ni se lanzan bombas, pero la estrategia militar no es menos minuciosa. El motivo de esta singular contienda queda expuesta en la carta del apóstol Pablo a Timoteo “Pelea la buena batalla de la fe”. En esta guerra no tenemos que defender una  fortaleza sino “la fe” o para ser más claro, el conjunto de verdades cristianas reveladas en la Palabra de Dios, por lo tanto debemos profesar sin reservas nuestra fe, por la cual contendemos a fin de salir victoriosos.

   Como guerreros, tenemos que estudiar al contrario. En esta lucha que nos concierne, el enemigo es un consumado estratega, que está dotado de recursos y armamentos enormes, y,  además, es despiadado, feroz y carente de escrúpulos. Se trata de Satanás (1 Pedro 5.8) “Su enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar”.

   Las armas físicas, la  astucia y las artimañas humanas no sirven de nada ante este adversario sobrehumano (2 Corintios 10.4) “ Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas” Nuestra arma principal es la Espada del Espíritu, es decir, la Palabra de Dios. (Efesios 6.17) Pablo nos explica su efectividad “Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos del corazón” (Hebreos 4.12). Manejar esta arma requiere mucha pericia y, además, delicadeza. De nada sirve que un ejercito posea armas en todos los niveles sí no saben usarlas bien. Todos necesitamos que alguien nos instruya para utilizar la espada con maestría. Afortunadamente contamos con el mejor instructor, el Espíritu Santo.

   En cuanto a  nuestra protección tenemos la armadura de Dios, cuyas piezas se describen en Efesios 6.13-18. El soldado precavido no se arriesga a pelear si su armadura está n mal estado o carece de sus piezas. Aunque el creyente precisa toda la armadura para protegerse, hay un elemento imprescindible es el escudo de la fe. Esta es la razón por la cual Pablo nos dice: “Además de todo esto, tomen el escudo de la fe, con el cual pueden apagar todas las flechas  encendidas del maligno” (Efesios 6.16). Este escudo grande, que muchas veces cubría todo el cuerpo, representa la fe. En esta singular pelea se necesita, además, un amigo y este amigo es el Señor Jesucristo no hay duda que los compañeros de armas son necesarios para sobrevivir la guerra. Pablo termina la lista de elementos que componen la armadura con estas sabias palabras “Oren en el Espíritu en todo momento, con peticiones y ruegos. Manténganse alerta y perseveren en oración por todos los santos. (Efesios 6.18).

   Por otro lado sería peligroso bajar la guardia, pensando que el último ataque esta en el futuro cercano. El ejemplo del rey David subraya tal peligro. Por alguna razón él no estaba con su ejercito, lo que le causó que cayera en un pecado grabe que le causó          angustias y sufrimientos (2 de Samuel 12.10-14). Para terminar recordemos las palabras de Jesús “En este mundo afrontarán aflicciones, pero  ¡anímense! Yo he vencido al mundo”.

Sola Gratia, Sola Fide, Solus Christus, Sola Scriptura, Soli Deo Gloria

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Rev. Ramón Herrera
Pastor-Maestro

Miami, Florida USA   E-Mail: informes@enlineaconlapalabra.com