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EL REPOSO DE LA GRACIA

Por Ramón R. Herrera

Hay silencio en el cielo. Sí, pero no se trata del silencio de una insensible indiferencia ni de una impotencia incapaz; se trata del silencio de un gran reposo sabático, el silencio de una paz que total y profunda, un silencio que constituye la pública prenda y prueba que el camino está abierto para que el más culpable de los seres humanos se pueda acercar a Dios. Cuando la fe murmura, y la incredulidad se rebela, y las personas desafían a Dios a romper este silencio y a que se declara a sí mismo. ¡Qué poca cuenta se da de lo que significa el desafío! Significaría la terminación de la amnistía; el final del reino de la gracia; la conclusión del día de misericordia y el amanecer de día de la ira.

Si Dios está silencioso ahora se debe a que el cielo ha bajado a la tierra, y se ha llegado a la cumbre de la revelación divina, y no hay reserva de misericordia que pueda desarrollar. El ha dicho Su última palabra de amor y de gracia, y cuando rompa Su silencio la próxima vez será para desencadenar los juicios que aun han de inundar este mundo que ha rechazado a Jesucristo. Porque: «Nuestro Dios viene, pero no en silencio» (Salmo 50.3)

El cielo silencioso forma parte del misterio de Dios; pero las Sagradas Escrituras declaran que está determinado un día en la cronología divina cuando: «se cumplirá el designio secreto de Dios» (Apocalipsis 10/7) Y cuando aquel día amanezca, se oirán de nuevo las huestes celestiales, proclamando que: «El reino del mundo ha pasado a ser de nuestro Señor y de su Cristo, y El reinará por los siglos de los siglos». Y a esta señal los maravillosos seres que se sientan en tronos alrededor del trono de Dios elevarán himno;« Señor, Dios Todopoderoso, que eres y que eras, te da gracias porque has asumido tu gran poder y has comenzado a reinar. Las naciones se han enfurecido; pero ha llegado tu castigo, el momento de juzgar a los muertos, y de recompensar a tus siervos los profetas, a tus santos y a los que temen tu nombre, sean grandes o pequeños, y de destruir a los que destruyen la tierra» (Apocalipsis 10.17-18) Entonces, por fin, El asumirá el poder que ya es suyo de derecho, y premiara públicamente el bien y reprimirá el mal. En una palabra, hará lo que las personas creen que debería hacer ahora y siempre.

A lo largo de toda la historia hasta que Jesucristo vino, el curso de la historia humana fue una acusación sin respuesta por la que, aparentemente, se desacreditaba cada atributo de Dios. El poder divino y Su sabiduría, justicia y amor quedaban en entredicho. Pero la venida de Jesucristo fue la revelación plena y final de Dios mismo a la humanidad. Hay misterios, indudablemente, que todavía permanecen irresueltos, pero son misterios que se hallan más allá del horizonte de nuestro mundo. El principal entre ellos es el origen del pecado. No es la caída del Edén, sino en la caída de aquel Ser maravilloso a cuyos engaños se debió la caída del Edén. ¿Por Qué permitió Dios que la mayor y más noble de Sus criaturas se transformara en diablo? Pero, en cuanto a todas las cuestiones que nos conciernen a nosotros de inmediato, no hay ni una la que haya dejado sin respuesta la cruz de Jesucristo.

Los seres humanos señalan a los tristes incidentes de la vida sobre la tierra, y se preguntan: ¿Dónde está el amor de Dios? Dios señala a aquella cruz como la manifestación sin reservas de un amor tan inconcebiblemente infinito que puede dar respuesta a todo reto y silenciar para siempre toda duda. Allí en la cruz queda, evidentemente, fuera de toda duda, declarando Dios que en la cruz de Jesucristo Su gracia, bondad y amor han sido plenamente manifestadas «Así manifestó Dios Su amor entre nosotros: en que envió a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por medio de El. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados.» (1 Juan 4.9,10) Pero, ignorando el hecho maravilloso de que, por causa nuestra, El «no perdonó a Su propio hijo» las personas tratan de poner Su amor a prueba; y la prueba es de si El va a conceder alguna demanda especifica presentada en la petulancia de una necesidad o tristeza actuales.

Aquella cruz no constituye meramente la prueba pública de lo que Dios ha conseguido; constituye también la prenda de todo lo que prometido. El supremo misterio de Dios es Jesucristo, porque en El «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Colosenses 2.3) Y estos tesoros escondidos aun han de ser revelados. Es el propósito divino el de «reunir en El todas las cosas, tanto las del cielo como de la tierra» (Efesios 1,10) El pecado ha roto la armonía de la creación, pero aquella armonía ha de ser restaurada por la supremacía de nuestro Señor, que aun está despreciado y rechazado.«Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.» (Filipenses 2,9-11).

Creer en Jesucristo es recocer Su Señorío ahora. De ahí la promesa: « Que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo» (Romanos 10.9) El pecador que así cree en Jesucristo adelanta, aquí y ahora, y la realización del propósito de Dios, y es salvo absolutamente y para siempre.

Fue en el poder de estas verdades que los mártires vivieron y murieron. Ahí se hallaba el secreto de su triunfo; no en el sentido general de las Escrituras corregidos a la luz de la razón y de la conciencia, ni en las insolentes pretensiones del clericalismo, degradantes para cualquiera que la tolera. El cielo estuvo entonces silencioso, como ahora lo está. No hubo visiones, ni se oyeron voces que hicieran detenerse a sus perseguidores.

Le era de la ley y del pacto de obras y de la promesa-los privilegios distintivos del pueblo favorecido- quedó marcada por el exhibición pública del poder divino sobre la tierra. Pero el reinado de la gracia tiene correlación con la vida de fe. El nuestro es el privilegio superior, la mayor bendición de aquellos «que no vieron y creyeron» Y el andar por fe es la antítesis de andar por vista. Si se nos concedieran «señales y maravillas» como en los días de Pentecostés, la fe descendería a un nivel inferior, y la norma y el carácter totales de la disciplina de la vida cristiana serían cambiados. La oración en la era de Pentecostés era como la firma de cheques para ser pagados en metálico sobre el mostrador. La oración de esta economía cristiana- esto es, de la vida de fe- es de dar a conocer nuestras peticiones a Dios y quedar en paz. Es como decirle a Dios “ya sabes mis sentimientos y mis deseos, y lo dejo todo en tus manos” Y hacer esto es precisamente a lo que Dios nos invita.

Los sufrimientos de Pablo denotan una fe superior a «los hechos poderosos» de su ministerio anterior. No fue hasta que cesaron los milagros, y que él había entrado en el camino de la fe, el mismo por el que nosotros andamos, que se reveló que su vida iba a ser «para ejemplo de los que habrían de creer en El para vida eterna. ¡Y que vida fue ésta! Aquí tenemos el asombroso relato.

«Cinco veces recibí de los judíos los trenita y nueve azotes. Tres veces me golpearon con varas, una vez me apedrearon, tres veces naufrague, y pasé un día y una noche como náufrago en alta mar. Mi vida ha sido un continuo ir y venir de un sitio a otro; en peligros de parte de mis compatriotas, peligros en manos de los gentiles, peligros en la ciudad en el campo, peligros en el mar y peligros de parte de los falsos hermano. He pasado muchos trabajos y fatiga, y muchas veces me he quedado sin dormir; he sufrido hambre y sed, y muchas veces me he quedado en ayunas; he sufrido frío y desnudez. Y como si fuera poco, cada día pesa sobre mí la preocupación por todas las iglesias.» (2 Corintios 11.24-28)

 

Y todo esto no solamente sin murmuración, sino con un corazón gozoso en Dios. En lugar de murmurar de sus enfermedades, hizo una gloria de ellas. Pero El me dijo: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad- Por lo tanto, gustosamente haré alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo. Por eso me regocijo en debilidades, insultos, privaciones, persecuciones y difilcultades que sufro por Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» Hay caminos en que las personas se engañan a sí mismos en sus vanos esfuerzos de llegar a la cruz. Pero es en la misma cruz donde empieza la vida de fe. Y los milagros espirituales de esta vida son más maravillosos que los que simplemente controlan o suspenden la operación de las leyes naturales. El mayor de todos los milagros es el nuevo nacimiento por el Espíritu de Dios, con su contrapartida exterior de conversión; de una vida de egoísmo o pecado a una vida de servicio consagrado. Y aquellos que lo han experimentado pueden decir en la palabras de la Biblia. « También sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para que conozcamos al Dios verdadero. Y estamos con el Verdadero, con su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna.» (1Juan 5.20).

Para personas como éstas hay sentido en que el cielo no esta silencioso. La ciencia de hoy nos ha enseñado que hay rayos de luz, hasta ahora desconocidos, que pueden penetrar en las sustancias más densas. Pero esos rayos solo pueden originarse allí donde la atmósfera de la tierra ha sido excluida. Y estas maravillas tienen su contrapartida en al esfera espiritual. Aquellos que puedan así escapar a la influencia de la tierra, y subir más allá de lo visible y temporal, tienen ojos para ver y oídos para escuchar las escenas y los sonidos de otro mundo; y con una voz unida testifican que Dios está con Su pueblo y que Su palabra es verdadera.

T tras estas personas se hallan decenas de millares de creyentes en casa, incluyendo a no pocos de los mayores teólogos, pensadores y eruditos de siglo, que comparten sus creencias y que se gozan de sus triunfos. ¡No se trata de que la verdad se pueda resolver por un plebiscito! Porque la verdad siempre ha estado en minoría. Pero, en realidad no hay elementos de coherencia en el error. Entre los los hijos del error no hay lazos de unión, excepto en que consiste en una común hostilidad a la verdad. Una generación asesinó a los profetas; otra construye sus sepulcros. Aquellos que derramaron la sangre de los mártires son repudiados y condenados por sus sucesores y representantes actuales. Pero los hijos de la verdad son uno a través de todas las edades. Porque «Grande es la nube de testigos» que nos rodea: los justos muertos de las edades pasadas. Y cuando hayamos corrido nuestra carrera, nos hallará de pie, una multitud innumerable, delante del trono de Dios.

 

La religión y el escepticismo son competidores rivales por el favor popular. Y, a pesar de todo esto son muchos los que, aunque conscientes de anhelos demasiado profundo para ser satisfecho por la mera religión, la eligen, porque no conocen otro refugio frente a la incredulidad. La incredulidad se aprovecha del silencio del cielo, en lo que parece ser la inacción del Supremo. Se preguntan ¿Si hay un Dios todo poderoso y totalmente bueno, por qué no utiliza Su poder y da prueba de Su bondad en la forma que las personas elijan esperar de El? La respuesta que por lo general da la apología cristiana no consigue silenciar al opositor ni satisfacer al creyente. Y bien está que sea así, porque no solamente carece de consistencia, sino también de simpatía. Nuestro Dios es infinito, tanto en poder como en compasión; y en otras épocas Su pueblo tuvo pruebas públicas de ello. ¿Por qué, entonces, está El tan callado?

La pregunta no es por qué no se manifiesta siempre a Si mismo, sino por qué nunca lo hace. Si, como ya se ha presentado antes, incluso generaciones enteras pasaron sin experimentar ninguna manifestación del poder divino sobre la tierra, entonces, en presencia de algún mal aplastante, de algún mal horrendo, Su pueblo bien podía exclamar como Gedeón en el pasado: «si el Señor está con nosotros,¿cómo es que nos sucede todo esto? ¿Y dónde están todas sus maravillas que nuestros padres han contado? (Jueces 6.13).

La crisis que privó a la nación de Israel de su incuestionable posición de privilegio proveyó la ocasión para una nueva revelación a la humanidad. La caída de Israel fue «la reconciliación del mundo» (Romanos 11.15). Dios asumió una nueva actitud hacia los seres humanos. Siempre ha habido gracia y misericordia hacia los gentiles, porque el buscador diligente de Dios nunca la había buscado en vano.«Pedro tomó la palabra, y dijo: -Ahora comprendo que en realidad para Dios no hay favoritismos, sino que en toda nación El ve con agrado a los que le temen y actúan con justicia» (Hechos 10.34-35) Pero el cristianismo va infinitamente más allá de esto. Es la realización del cambio insinuado en las palabras proféticas «Luego Isaías se atreve a decir:-Dejé que me hallaran los que no me buscaban; me di a conocer a los que no preguntaban por mí» (Romanos 10.20) No se trata ahora de que Dios oirá el clamor de un verdadero corazón arrepentido suplicando misericordia, porque esto siempre lo ha hecho, sino que ahora El mismo esta rogando incluso a los no arrepentidos a que se vuelvan a El. Está rogando a las personas a que se reconcilien con El (1 Corintios 5.20). No se trata que haya misericordia para algunas personas, sino que Dios ha hecho ahora una declaración pública de Su gracia. «En verdad, Dios ha manifestado a toda la humanidad su gracia, la cual trae salvación y nos enseña a rechazar la impiedad y las pasiones mundanas. Así podemos vivir en este mundo con justicia, piedad y dominio propio» (Tito 2.11-12)

La gracia se halla en el trono, reinando por medio de la justicia para vida eterna.«A fin de que, así como reinó el pecado en la muerte, reine también la gracia que nos trae justificación y vida eterna por medio de Jesucristo nuestro Señor.» (Romanos 5,21). La era del reinado de la gracia es precisamente la era del silencio de Dios. Es la gracia a la que tenemos que ir para explicar el silencio. El cristianismo es la revelación final y suprema de la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor con la humanidad (Tito 3.4) Por ello, cuando Dios de nuevo se declare a sí mismo, solamente podrá ser en ira, y la ira tiene que esperar al «día de la ira» (Romanos 2,5). Dios esta callado porque ha dado Su última palabra de misericordia y de amor, y el juicio tiene que esperar al «al día del juicio»; no puede haber lugar para tal cosa en este «día de gracia»

Para muchas personas, esto parecerá un misticismo. Para otros, por su parte, no verán en ello ningún significado. Porque para ellos el misterio y la muerte de Jesucristo son tan solo un espléndido episodio que ha levantado a la humanidad a un nivel más elevado que el que había conseguido hasta entonces. Ciertamente para los tales el problema que plantea este estudio no tiene ningún significado. Teniendo solamente una tímida creencia en lo sobrenatural, la ausencia de milagros no excita en ellos ni asombro ni angustia. Pero, felizmente, no son pocos los que han aprendido a pensar en el Calvario, no como en un paso hacia arriba en el progreso inevitable de la raza. Hasta la meta de su elevado destino, sino como una tremenda crisis que ha llevado a su fin la provocación de las personas, dejándole totalmente dependiente de la gracia de Dios. O, sí rechaza la misericordia ofrecida, encerrándole en juicio. Y los tales valorarán mucho mejor la clave que aquí se ofrece del misterio de un cielo silencioso.

 

 

Sola Gratia, Sola Fide, Solus Christus, Sola Scriptura, Soli Deo Gloria

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Rev. Ramón Herrera
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